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Imperial Spain: 1469-1716 (1963)

de J. H. Elliott

MembrosResenhasPopularidadeAvaliação médiaMenções
574532,331 (3.77)4
"Excellent...a virtuoso performance...a scholarly work of astounding solidity."- American Historical Review . Includes the original 1963 text, plus Elliott's amendments and additions from the first paperback edition of 1970. "All other books can be abandoned."- The Economist .
Adicionado recentemente porJoseLuis1972, jordsly, arthurterhofstede, jose.pires, ibinu, RolfJa, golson17g
Bibliotecas HistóricasGillian Rose
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This book discusses mostly the domestic politics of the Spanish monarchy and the economic and diplomatic challenges it faced during the years indicated in the title. The author possesses great skill for narrative explanation in broad strokes, so the book is a pleasure to read. I would have expected it to include bit more material about Spain's American colonies and how they influenced the homeland, but the author's later work Empires of the Atlantic World can be recommended to readers more interested in Spanish colonialism. I also thought the second half of the book was less informative than the first because the number of personalities who exercised authority in the Spanish monarchy seems to have increased quite a lot toward the end of this period. It would perhaps have been a good idea to emphasize the economic reasons of the Spanish decline a bit more and individual decisions-makers a bit less. Nevertheless, the first half of the book is a good case study of how European monarchies functioned in this time period, and especially how strongly the quality of government depended on the personal characteristics of the monarch and how critical succession problems could be.
  thcson | Aug 5, 2019 |
LA ESPAÑA IMPERIAL 1469 - 1716

Nos encontramos ante una obra excepcional. En primer lugar, porque se trata de un análisis intencionado y profundo de una época de la historia y de la vida española cuyo sentido ha sido a menudo desvirtuado. Algunos historiadores han trazado un panegírico del imperio español, desenfocado por lo demedido. Otros, llevados de exceso pesimismo, han visto una panorámica tan negra que les imposibilita para distinguir las siluetas reales de los hechos históricos. Elliot mantiene, en este aspecto, el justo equilibrio.
En se­gun­do lugar, nos sorprende y nos con­mue­ve el esfuerzo del autor, joven historiador in­glés, para acer­car­se a una men­ta­li­dad y a un modo de ser —es­truc­tu­ras en las que des­can­sa el queha­cer his­tó­ri­co— tan dis­tin­tos de los que él está ha­bi­tua­do a tra­ba­jar. Edi­to­rial Vi­cens-Vi­ves no duda de que los es­tu­dio­sos y amantes de la Historia de Es­pa­ña sa­brán apre­ciar la apor­ta­ción que en el campo his­tó­ri­co re­pre­sen­ta La Es­pa­ña Im­pe­rial.

Obra clásica producto de la experiencia previa de años de investigación en España del historiador inglés, ha servido de inspiración a muchos historiadores posteriores, y constituye un importante hito que debe ser tenido en cuenta en muchos aspectos, incluyendo, como su periodización señala, desde el matrimonio de los Reyes Católicos en 1469 hasta el fin de la dinastía Habsburgo en España y el establecimiento de los Decretos de Nueva Planta por parte de los Borbones en 1716, junto a la renuncia previa de las posesiones europeas del Imperio Español, en el Tratado de Utrech de 1713.

La obra comienza destacando que la famosa unión dinástica entre Isabel y Fernando no era en ningún caso el reflejo de una España «plural» ni una unión entre iguales: Castilla ya había puesto a un miembro de su linaje en el trono de Aragón, Fernando de Antequera, tras la extinción de la dinastía aragonesa tras la muerte de Martín el Humano en 1412, y Juan II, padre de Fernando el Católico, deseaba la unidad con los castellanos como forma de protegerse ante Francia; la unidad era una empresa posible por el poderío y planes previos de Castilla; una Castilla que tenía en aquella época alrededor de ocho millones de habitantes, por poco más de un millón de Aragón y similar cifra del antagonista Portugal, defensor de los derechos de Juana la Beltraneja en la guerra civil castellana posterior al coronamiento de Isabel, en 1474. Esta unidad política alentaba la unidad propia de la nación histórica española: «Los nativos de Valencia o Aragón se consideraban en la Edad Media, desde un punto de vista geográfico, habitantes de España y los marinos del siglo XV, aunque procediesen de distintos puntos de la península, hablaban de "volver a España". Aunque la lealtad estuviese exclusivamente reservada a la provincia de origen, los crecientes contactos con el extranjero dieron en cierto modo a los nativos de la península, el sentimiento de ser españoles por contraposición a los ingleses o los franceses» (John Elliott, La España Imperial. Vicens Vives, Barcelona 1965, pág. 13).

Al contrario de los tópicos habituales que sugieren que Castilla era un reino atrasado y pobre, por lo árido de su suelo: la Castilla de fines de la Edad Media es una potencia económica y militar de primer orden, probablemente la mayor de Europa, la primera en usar la artillería en los barcos en el contexto de la Guerra de los Cien Años; asimismo, la actividad económica fundada en el ganado lanar había vinculado a Castilla ya desde comienzos del siglo XIV con Flandes y otros centros financieros de la Europa de la época, convirtiendo a ciudades como Burgos en verdaderos centros mercantiles, con la notable expansión de la flota castellana: «Puso a los castellanos en contacto con el extranjero, en particular con Flandes, el más importante mercado para sus lanas. Este comercio con el Norte provocó a su vez una actividad comercial a lo largo del litoral cantábrico, convirtió a ciudades del norte de Castilla, como Burgos, en importantes centros mercantiles y promovió una notable expansión de la flota cantábrica» (John Elliott, La España Imperial, pág. 29).

Elliott derriba así los tópicos de sedicentes hispanistas como Henry Kamen en su obra Imperio (2003) acerca de la paradoja de que un país pobre, atrasado y aislado del resto de Europa formase un vasto imperio; pese a ello, el comienzo de la obra de Elliott parece que desea moverse en esos estrechos y sedicentes márgenes, como si fuera una concesión a la clásica Leyenda Negra tan viva especialmente entre los ingleses aún en nuestros días, con su particular deformación consistente en proyectar sobre el período a estudiar las categorías y coordenadas de la «España plural» que ya empezaban a alborear en su presente de la España franquista de la década de 1960: «Un país dividido en su interior mismo, partido por una elevada meseta central que se extiende desde los Pirineos hasta la costa meridional. Ningún centro natural, ninguna ruta fácil. Dividida, diversa, un complejo de razas, lenguas y civilizaciones distintas: eso era, y es, España»( La España Imperial, pág. 7)

Dentro de esta importante obra, destaca su brillante afirmación sobre el viaje de Cristóbal Colón que conduciría el 12 de Octubre de 1492 al descubrimiento de América. En lugar de afirmar que al navegante se le permitió viajar hacia Asia para alcanzar el comercio de las especias, se señala que el motivo principal del viaje, algo que el propio Colón reconoce en su Diario del primer viaje, no era estrictamente económico sino principalmente atrapar a los turcos pillándoles por la espalda:

Los motivos por los que Fernando e Isabel cambiaron de opinión en 1491 no están aún demasiado claros. Colón tenía amigos entre los altos cargos. Entre ellos se incluían el secretario de Fernando, Luis de Santángel, que ayudó a conseguir la financiación de la empresa, y el franciscano Juan Pérez, antiguo confesor de la reina, cuyo monasterio de la Rábida dio cobijo al explorador cuando solicitó por vez primera el favor de la corte. Pero es también probable que la proximidad de la victoria en la guerra de Granada contribuyese a inclinar a los monarcas a considerar con mayor benevolencia algunas de las pretendidas ventajas que habían de derivarse del proyecto. Si el viaje de Colón tenía éxito, significaría una ventaja sobre los portugueses y podría seguramente aportar riquezas a un tesoro exhausto. Por encima de todo —por lo menos en lo que hacía referencia a Isabel— el proyecto podía resultar de crucial importancia en la cruzada contra el Islam. Si el viaje tenía éxito pondría a España en contacto con los países de Oriente, cuya ayuda era necesaria en la lucha contra el Turco. Podía también, con un poco de suerte, hacer volver a Colón por la ruta de Jerusalén y abrir así un camino para atacar al Imperio Otomano por la retaguardia. Isabel se sentía naturalmente atraída también por la posibilidad de poner los cimientos de una gran misión cristiana en Oriente. En el clima de intensa exaltación religiosa que caracterizó los últimos meses de la campaña de Granada, incluso la realización de los proyectos más descabellados parecía posible. La estrecha coincidencia entre la caída de Granada y la autorización de la expedición colombina puede hacer pensar que la última fuese a la vez una acción de gracias y un acto de renovada dedicación de Castilla a la tarea, aún incompleta, de la guerra contra los infieles (John Elliott, La España Imperial. Vicens Vives, Barcelona 1965, pág. 58).

Sin embargo, el proceder historiográfico de Elliott, pese a la brillantez de muchas afirmaciones suyas, ha de someterse a crítica por la extraña periodización que realiza. Hispanistas como Henry Kamen en su obra Imperio prolongan la existencia de la etapa imperial de España al menos hasta el tratado de París de 1763 o hasta la independencia de Hispanoamérica, como sería más ajustado señalar. El criterio de considerar terminado el Imperio por la pérdida de las posesiones europeas es tanto como negar la importancia de América en el Imperio español. Tampoco resulta convincente hablar del Imperio español como algo iniciado con los Reyes Católicos o con el Emperador Carlos V, pues ello supone olvidar la tradición de los reyes emperadores castellanos de origen medieval, pese a que Elliott dedica algunas páginas a estudiar la situación de los reinos peninsulares en la Baja Edad Media.

Por otro lado, Elliott escribió su obra en 1963 (fue traducida por primera vez al español en 1965 en la Editorial Vicens Vives), y aparte de la influencia de la Escuela de las Mentalidades francesa, su discurso está basado en las tesis de España invertebrada (1921) de José Ortega y Gasset, que considera el Imperio español un efecto de la decadencia propia de una raza goda asentada en la Península Ibérica por su «exceso de germanismo»:

Hay sin duda alguna una cierta paradoja en el hecho de que la obra de los dos más excepcionales creadores castellanos, Cervantes y Velázquez, esté penetrada de un hondo sentimiento de decepción y fracaso, pero la paradoja es un fiel reflejo de la paradójica Castilla de los siglos XVI y XVII. He aquí, en efecto, un país que había escalado las alturas y descendido a las profundidades, que lo había conseguido todo y lo había perdido todo, que había conquistado el mundo sólo para ser vencido después. Las realizaciones castellanas del siglo XVI fueron esencialmente obra de Castilla, pero también lo fue el desastre español del XVII, y fue Ortega y Gasset quien expresó esta paradoja del modo más claro al escribir lo que podría ser el epitafio para la España de los Austria: «Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho» (John Elliott, La España Imperial, pág. 419).
  FundacionRosacruz | Feb 17, 2018 |
Excellent history of Spain covering the period of 1469-1716, a period I am especially interested in because of my interest in exploration and European encounters with Asia. There are excellent reviews of this book on these pages; they say it all: very well researched and written, mainly enjoyable and written so you can skip those sections you have no interest in. ( )
  pbjwelch | Jul 25, 2017 |
Despite its' age, this is still a first rate introduction to Spain in the 16th and 17th centuries. ( )
  rnsulentic | Sep 18, 2011 |
From Ferdinand and Isabella to dissolution of the Empire. Parts on America and the Conversos are best. ( )
  tzelman | Feb 18, 2008 |
Exibindo 5 de 5
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Citações
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Idioma original
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CDD/MDS canônico
Canonical LCC
"Excellent...a virtuoso performance...a scholarly work of astounding solidity."- American Historical Review . Includes the original 1963 text, plus Elliott's amendments and additions from the first paperback edition of 1970. "All other books can be abandoned."- The Economist .

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